111

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El naranja de la tarde
durmiente
se cuela a través de las ventanas,
pero no nos damos cuenta:

el mundo se ha reducido
a un tú y un yo,
una camisa blanca y un traje aguamarina
y una corbata floja y dos pares de manos
(y dos pares de labios)
que se buscan
en medio de la tempestad,
en medio de la incertidumbre
que somos.

Uno once:
anochecimos en re-arraigo
(en re menor)
entrelazados (una vez más);

amanecimos
y sobre tu piel
desdoblé un poema.

Qué va

Qué va

Vamos a disolvernos
en una copa de cocuy,
en un baile cruzado a eso de las once de la noche,
en una cerveza que se vuelve siete,
en una fiesta sobre las espaldas de nuestras vids anteriores;

vamos a disolvernos
en un beso que nos regrese
a las pocas épocas en las cuales éramos felices.

Qué va, qué va, qué va, qué va…

Nuestro cigarrillo

Nuestro cigarrillo

Si el poema se abriera en fidelidad y me ofreciera certeza en alguna de las interrogantes que me aquejan, preguntaría sin duda alguna cuántas veces podré volver a encender nuestro cigarrillo hasta que el viento y las cenizas lo consuman todo sin vuelta atrás.