Humo

Humo

El ruido cesó de inmediato cuando el hombre ingresó al Palacio Federal Legislativo. Al principio, nadie lo reconoció. Luego, su identidad se hizo evidente. Esto sólo trajo más preguntas para todos los presentes en el hemiciclo.

Sí, tenía sus característicos ojos, con los cuales escrutó rápidamente los curules llenos, el desastre de papeles aquí y allá, los periodistas en la sala, los diputados caminando de un lado al otro. Sí, vestía su uniforme de CICPC, con el que se mostraba desde la clandestinidad en cada video subido a Twitter. Sí, lo escoltaban otros policías, algunos encapuchados, con y sin armas, quienes apenas dejaban espacio entre el sujeto y ellos.

Sin embargo, nadie esperaba ver a Óscar Pérez cubierto de sangre, con cortes frescos adornando su rostro, con un leve trastabilleo cada vez que apoyaba la pierna derecha en el suelo.

Con dificultad, cruzó el hemiciclo sin murmurar una sola palabra. Nadie lo detuvo. En frente de todos, se volteó, dispersó a sus compañeros y alzó su mano derecha. La atención de todos se desvió de los ojos verdes y el uniforme ensangrentado para reparar en el maletín plateado que llevaba consigo el sublevado.

— Acá está, lo saqué de Miraflores —dijo Óscar, exhaltado. Pronunció cada palabra por separado, respirando de por medio y con pausas ligeramente más largas de lo normal. Se veía cansado.

Colocó el objeto en el suelo y dio algunos pasos hacia atrás. Inmediatamente después, el hemiciclo retomó la condición de gallinero en la cuál se había encontrado antes de que el sublevado entrara en la sala. Los periodistas corrieron de aquí para allá, con sus cámaras pesadas, sus blocs de notas importados, sus bolígrafos Papermate. Dispararon flashes de todas partes y hacia todas partes: el maletín, Oscar Pérez, el combo de CICPCs a un lado, los diputados. Borges comenzó a dar declaraciones a las cámaras de Venevisión y Vivoplay; mientras, Mejías iniciaba sesión en Periscope desde su teléfono. Guevara se acercó a Óscar y preguntó sobre el maletín, pero cualquier intento de sacarle información resultó fútil: apenas estaba consciente de sí mismo. Recibió varias alertas del Partido por Whatsapp —una de ellas rezaba: los GNB van para allá ¿qué coños está pasando?, y el resto seguían ese estilo—, pero las ignoró para organizar un traslado médico de emergencia y en secreto para Pérez.

Luego, se agachó para contemplar el maletín. Era grande, metálico, se veía resistente. No tenía candados ni dispositivos que impidieran su apertura, y en la parte superior, junto al asa, tenía dos botones que, presuntamente, servirían para abrirlo.

¿Abrirlo?

Podría ser cualquier cosa. Podría ser una bomba.

Podría ser realmente algo de Miraflores. Pérez no diría qué. ¿Un papel, un documento incriminante? ¿Algo más?

Tengo que abrirlo.

Tenía que abrirlo.

No podía abrirlo: el peligro, el caos.

Pero si la GNB viene en camino…

Era importante.

Tenía que abrirlo.

— Voy a abrirlo — exclamó Guevara. Por un momento, todos en la sala volvieron a callarse. Un par de segundos después, el descontrol llenó el hemiciclo: los periodistas cambiaron sus cámaras para filmar a Guevara, algunos diputados salieron de la sala, o se alejaron, otros le gritaron, ¿estás loco?, coñodetumadre, nos vas a matar, no hagas eso, y otras cosas.

Los gritos cesaron cuando Guevara deslizó sus manos por el maletín, con lentitud, y presionó el par de botones en el tope al mismo tiempo.

Clic.

El maletín se abrió de par en par. Adentro, forrado en papel periódico, había una especie de contenedor. No podía tener más de 20 centímetros de altura, y era cilíndrico. No se veía el contenido. Habría que remover la cobertura.

Guevara miró a su alrededor. Tenía más de ciento doce ojos puestos encima. Tenía más de treinta cámaras profesionales disparando treinta cuadros por segundo de su hazaña, sin contar las cámaras de celulares, los videos en Periscope, los lives de Instagram. Desde pantallas cercanas y lejanas, tenía treinta millones de ojos encima: miraban con curiosidad, con temor, con apatía, miraban, consentían, asentían.

Entendió. Era un triple sí: el suyo, el de los presentes, el de los ausentes.

Sostuvo el cilindro. Estaba caliente al tacto. Lo colocó encima de la mesa más cercana. Luego, con cuidado, retiró el papel periódico.

— El coño de su madre.

El recipiente estaba hecho de vidrio y no tenía tapa. Dentro, el pequeño cartucho metálico soltaba un gas blanquecino.

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