Mes: noviembre 2017

111

111

El naranja de la tarde
durmiente
se cuela a través de las ventanas,
pero no nos damos cuenta:

el mundo se ha reducido
a un tú y un yo,
una camisa blanca y un traje aguamarina
y una corbata floja y dos pares de manos
(y dos pares de labios)
que se buscan
en medio de la tempestad,
en medio de la incertidumbre
que somos.

Uno once:
anochecimos en re-arraigo
(en re menor)
entrelazados (una vez más);

amanecimos
y sobre tu piel
desdoblé un poema.

Amanecer

Amanecer

La ciudad se levanta una vez más
sin contemplaciones,
en medio de tantos temblores nocturnos
y la taquicardia
y las covulsiones
y los asesinatos y los caídos;
a ella no le interesa más
lo que pase mientras duerme, mientras sueña
con épocas mejores,
se ha resignado
a respirar,
mecerse un poco esperando batir la mugre
y regalarnos el sol
por encima de centinelas de verde y negro.

Qué va

Qué va

Vamos a disolvernos
en una copa de cocuy,
en un baile cruzado a eso de las once de la noche,
en una cerveza que se vuelve siete,
en una fiesta sobre las espaldas de nuestras vids anteriores;

vamos a disolvernos
en un beso que nos regrese
a las pocas épocas en las cuales éramos felices.

Qué va, qué va, qué va, qué va…

Nuestro cigarrillo

Nuestro cigarrillo

Si el poema se abriera en fidelidad y me ofreciera certeza en alguna de las interrogantes que me aquejan, preguntaría sin duda alguna cuántas veces podré volver a encender nuestro cigarrillo hasta que el viento y las cenizas lo consuman todo sin vuelta atrás.

Cenizas (otrora fuego)

Cenizas (otrora fuego)

Fuego, te ordeno,
quémame una y mil veces
hasta dejar desidia,
Sodoma y Gomorra,
no más entretenciones,
no más besos de quince años:
entrégate en un viaje a otros mundos
de temperaturas elevadas y muchedumbres de dos;

concédeme
otro baile inquisidor,
nuevamente entrega entre tu mirada y la mía,
nuevamente aliento
nuevamente alcohol

nuevamente hace un año
cuando todo era bosque y viento,
no fuego,
no flores marchitas y huracanes desprovistos de final

te vuelves imposible:
la entropía me impide
renovar en fuego
nuestras cenizas

(apenas se escucha
frágil
el murmuro de ciertos montículos de ceniza quemada,
el naraja del filtro de un cigarrillo,
los muchos murciélagos que éramos
cayendo en picada)